Hoy damos por hechas muchas cosas que hace cuarenta años no lo eran en absoluto. Un ordenador actual incorpora su propia pantalla, su disco y sus conexiones listas para usar. Los ordenadores domésticos de los años ochenta y principios de los noventa, en cambio, dependían de dos aparatos que ya había en casi todas las casas: el televisor y el reproductor de casetes. Entender cómo se conectaban esas máquinas nos ayuda a comprender su funcionamiento, sus limitaciones y los trucos que hacían falta para ponerlas en marcha.
Aquella forma de trabajar —ver la imagen en la tele y guardar los programas en cinta— no era un capricho, sino una consecuencia directa de una decisión de diseño: abaratar el ordenador al máximo trasladando a los aparatos domésticos ya existentes las funciones de pantalla y almacenamiento. El precio bajo tenía un coste en comodidad, y ese coste explica buena parte de la experiencia de uso de la informática doméstica de la época.
La cinta de casete como disco
Para que un ordenador pueda funcionar necesita guardar y recuperar información, y en los modelos domésticos esa función la cumplía el casete de audio compacto, el mismo tipo de cinta que se usaba para grabar música. El ordenador convertía los datos digitales en sonidos que se podían grabar en la cinta, y después los leía escuchando atentamente esos mismos sonidos para reconstruir la información.
Este sistema no era exclusivo de los ordenadores domésticos. Ya en 1975 se había definido un método para grabar datos en cintas de audio de forma estandarizada, conocido como estándar de Kansas City, que muchos equipos adoptaron con sus propias variantes. En la práctica, cada fabricante usaba su forma particular de codificar el sonido, de modo que una cinta grabada en un ordenador no solía servir para otro de marca distinta.
La operación era lenta. Un programa podía tardar varios minutos en cargar, y el usuario solo lo sabía cuando terminaba. Las revistas de la época publicaban listados que había que teclear a mano, y también vendían cintas con programas. Existían además los conocidos «turbo», sistemas que aceleraban la carga y el guardado mejorando la forma de codificar el sonido. Los fallos eran frecuentes: bastaba que el volumen no estuviera bien ajustado para que la carga se interrumpiera y hubiera que empezar de nuevo.
El televisor como monitor
El otro gran préstamo de los ordenadores domésticos fue la pantalla. Como fabricar un monitor propio habría encarecido el producto, casi todas estas máquinas se conectaban al televisor del salón. Esto planteaba un problema: los televisores estaban hechos para recibir señales de emisión, no señales de un ordenador, así que hacía falta traducir la salida del ordenador a algo que el aparato pudiera entender.
La solución más frecuente era el modulador de RF. Este circuito —a veces integrado en el propio ordenador, a veces en una pequeña caja externa— convertía la señal de vídeo en una señal parecida a la de un canal de televisión, que se inyectaba por la entrada de antena. El usuario sintonizaba ese «canal» en la tele y veía así el ordenador. Era barato y universal, pero la calidad de imagen era la peor de todas las posibilidades: la señal se mezclaba con el sonido, aparecían interferencias y la nitidez dejaba bastante que desear.
Varios ordenadores domésticos dependían de este sistema, mientras que las consolas de videojuegos que se conectaban al salón lo usaban también de forma habitual, a veces mediante un conmutador que permitía alternar entre la antena y la consola sin andar cambiando cables. Los famosos «canales» a los que había que poner la tele para jugar forman parte de la memoria de toda una generación.
Vídeo compuesto, S-Vídeo y RGB
Por encima del modulador de RF existían conexiones de más calidad, siempre que el televisor las admitiera. La primera escala era el vídeo compuesto, que transportaba imagen y color mezclados por un solo cable, normalmente con conector RCA. Fue el estándar más común en Norteamérica y en muchos equipos, y ofrecía una imagen claramente mejor que la del modulador de RF.
Un escalón por encima estaba el S-Vídeo, que separaba la información de luminosidad y la de color en dos señales distintas, reduciendo las interferencias entre ambas y dando una imagen más limpia. No todos los ordenadores ni todos los televisores lo tenían, pero equipos como el Commodore 64 podían aprovecharlo.
En la cima de la calidad estaba el RGB, que enviaba por separado las tres señales de color básicas, sin mezclar, lo que permitía una imagen nítida y con colores muy definidos, ideal para textos. Muchos ordenadores domésticos, sobre todo los de origen japonés como los del estándar MSX, disponían de salida RGB, aunque el usuario necesitaba un monitor o un televisor capaz de aceptarla.
El euroconector y la llegada del RGB
En Europa hubo una solución para todo esto: el euroconector, conocido como SCART. Fue un conector de 21 patillas desarrollado en Francia a finales de los años setenta y adoptado después como estándar en buena parte del continente. Su gran ventaja era que por un solo cable podía llevar imagen, sonido y señales de conmutación, y sobre todo que era capaz de transportar RGB.
La popularidad del euroconector explica que, en España, fuese habitual conectar ordenadores y consolas por esta vía durante los años noventa, cuando el parque de televisores ya lo incorporaba de serie.
Merece la pena recordar que, en el otro lado de la ecuación, algunos ordenadores europeos prescindieron del televisor y se vendieron con un monitor propio. Fue el caso de la familia Amstrad CPC, que se comercializaba con monitores monocromos verdes o en color, lo que daba una nitidez muy superior y evitaba tener que compartir la tele del salón.
De la cinta al disco
Con el tiempo, los ordenadores domésticos fueron incorporando unidades de disco, primero de tamaños como 5,25 o 3 pulgadas —el caso curioso del Amstrad CPC, con sus discos de 3 pulgadas— y más tarde de 3,5 pulgadas. Los discos eran mucho más rápidos que la cinta y permitían guardar y recuperar archivos casi al instante, además de cambiar de disco sin rebobinado.
Sin embargo, en España la cinta aguantó durante mucho tiempo como soporte dominante. Era mucho más barata, los usuarios ya tenían reproductores de casete en casa y la posibilidad de copiar y compartir programas contribuyó a su enorme popularidad, para disgusto de la industria. La transición al disco, y después al CD-ROM, fue gradual y nunca arrinconó del todo a la humilde casete en los ordenadores de 8 bits.
Un pasado lleno de cables
Mirar atrás hacia aquella maraña de cintas, moduladores y euroconectores es entender que la informática doméstica se construyó reciclando lo que ya había en casa. El televisor hizo de monitor y el equipo de música, de disco duro, con todas las incomodidades que eso implicaba. Aquellos cables y aquellas cargas interminables forman parte de la historia, y también del encanto, de la retroinformática.