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Cómo conservar tu colección de retroinformática: una guía de largo plazo

La humedad, el calor y las pilas olvidadas hacen más daño que el propio uso. Estas son las claves para que tus cintas, cartuchos, discos y cajas sigan funcionando dentro de treinta años.

Existe la creencia de que un ordenador o una consola antiguos se estropean sobre todo al usarlos. En realidad, el enemigo principal de una colección es el tiempo que transcurre sin que nadie mire: la humedad, los cambios bruscos de temperatura, una pila olvidada dentro de un mando y unos cuantos veranos de sol hacen un daño lento, silencioso y casi siempre irreversible. La buena noticia es que la mayor parte de ese deterioro se puede frenar con medidas sencillas y baratas, más propias de un archivo que de un taller de electrónica.

Pilas y corrosión: el riesgo número uno

Si hay una costumbre que debería adoptar cualquier coleccionista, es esta: extraer las pilas de todo aparato que no vaya a usarse en las próximas semanas. Las pilas alcalinas tienden a «sudar» con el tiempo, y ese residuo blanco y cristalino que aparece en los contactos no es simple suciedad. Se trata de hidróxido de potasio, un compuesto muy corrosivo que ataca las pistas de cobre y las soldaduras del circuito impreso. Cuando la fuga llega a la placa, el problema deja de ser una limpieza y se convierte en una reparación con reconstrucción de pistas.

Merece la pena distinguir entre tipos de pila. Las alcalinas y las salinas de mandos y consolas portátiles son las que más fugan. Las de botón de litio, del tipo CR2025 o CR2032 que mantienen la memoria de guardado en cartuchos como los de Game Boy, son mucho más estables y rara vez derraman, aunque también acaban agotándose y conviene sustituirlas antes de que pierdan el contacto. La prevención funciona: retirar las pilas, guardarlas aparte y revisar los compartimentos una vez al año elimina de raíz casi todos los casos de corrosión que aparecen en colecciones de segunda mano.

Si ya hay residuo en los contactos, el orden correcto es retirar primero el grueso con un pincel suave o un palillo y después neutralizar los restos alcalinos con muy poca cantidad de un ácido suave, como el vinagre, aplicado con un bastoncillo y aclarando luego con alcohol isopropílico. Cuando la corrosión ha comido la placa, lo prudente es no insistir y poner el aparato en manos de alguien con experiencia en soldadura.

Cintas magnéticas: el soporte más frágil

Los casetes de datos, ese soporte que Commodore popularizó con el Datasette y que miles de usuarios de microordenadores de ocho bits usaron para cargar y guardar programas, son el elemento más delicado de cualquier colección. La información se guarda en una fina capa de óxido de hierro sobre una cinta de plástico, y esa capa se degrada con el magnetismo ambiental, el calor y el propio paso del tiempo. Un altavoz, un imán de nevera o un motor eléctrico cercano bastan para alterar el contenido sin que la cinta parezca dañada a simple vista.

Dos fenómenos merecen atención. El primero es el efecto copia, por el cual la señal de una vuelta de cinta se transfiere poco a poco a la vuelta que tiene al lado, sobre todo cuando el carrete lleva años parado en la misma posición. La segunda es la pérdida de lubricante y elasticidad, que hace que la cinta se estire o se enganche en el cabezal. Rebobinar de vez en cuando las cintas que no se usan, sin dejarlas nunca a mitad de camino durante meses, es una rutina sencilla que reduce ambos problemas.

Conviene guardarlas en vertical, dentro de su caja original, lejos de fuentes de calor y de campos magnéticos, y digitalizarlas cuanto antes si su contenido importa. La copia no sustituye al original, pero garantiza que el programa no se pierda el día en que la cinta deje de cargar.

Condensadores electrolíticos y baterías internas

Dentro de las propias máquinas hay dos componentes que envejecen aunque el aparato esté apagado. El primero es el condensador electrolítico, un cilindro lleno de un líquido conductor que se va secando con las décadas. Al perder capacidad, el equipo arranca mal, se calienta o directamente no da imagen, y en el peor de los casos el condensador revienta y derrama su contenido sobre la placa. Sustituir esos condensadores por otros nuevos, la operación que en el mundillo se conoce como recap, es hoy una práctica habitual en ordenadores y consolas de los ochenta y noventa.

El segundo son las baterías internas recargables que algunos equipos llevan soldadas a la placa para mantener el reloj y la configuración. Son famosas las que montaban ciertos modelos de Amiga y de ordenadores compatibles, que con los años acaban filtrando y corroen las pistas de la zona. Revisar esas baterías y retirarlas a tiempo si muestran síntomas de fuga es una de las tareas de mantenimiento que más equipos salva.

Luz, temperatura y humedad

Los plásticos de las carcasas, en especial el ABS de muchos ordenadores y consolas, amarillean con la exposición a la luz ultravioleta. El fenómeno no es simple suciedad: es una alteración química de los aditivos ignífugos bromados que lleva el plástico, y por eso el color no vuelve con un trapo. Para frenarlo, lo más eficaz es evitar el sol directo, aunque la luz artificial también suma con los años. Existen tratamientos cosméticos para aclarar el plástico, pero son agresivos y muchos coleccionistas prefieren conservar el tono original antes que arriesgar la pieza.

En cuanto al ambiente, la referencia de los museos apunta a temperaturas estables y moderadas, sin oscilaciones fuertes, y a una humedad relativa intermedia: ni un sótano húmedo, donde prolifera el moho y la corrosión de contactos, ni un ático seco y abrasador, donde los plásticos y adhesivos se vuelven quebradizos. Lo importante es la constancia. Un armario interior de la vivienda, alejado de radiadores y de paredes frías, suele ser mejor sitio que una estantería a plena luz.

Guardar las cajas

Las cajas de cartón son parte del valor de una pieza y también lo que peor resiste. La humedad las ondula, el sol las decolora y la cinta adhesiva con la que muchos intentaron repararlas acaba manchando la impresión. Es mejor no pegar nada sobre ellas y, si están muy tocadas, dejarlas planas en un lugar protegido. Fundas de plástico neutro ayudan a aislar del polvo, pero conviene evitar las bolsas de PVC, que con el tiempo liberan gases que atacan la tinta y el cartón.

Como resumen, las medidas que más rinden son estas:

Conservar no consiste en encerrar la colección en una vitrina, sino en conocer qué la degrada y quitarle al tiempo la mayor parte del trabajo. Con unas pocas rutinas anuales, la mayoría de los equipos que hoy funcionan seguirán haciéndolo cuando cumplan medio siglo.