El Commodore 64 llegó al mercado en 1982 y se convirtió en el ordenador doméstico más vendido de la historia, con unas cifras que rondan los diecisiete millones de unidades. Pero si algo explica que cuarenta años después siga teniendo una comunidad apasionada es un pequeño chip de sonido: el SID.
SID son las siglas de Sound Interface Device, y su diseño fue obra de Bob Yannes, un joven ingeniero de MOS Technology —la división de chips de Commodore— que antes de dedicarse al diseño de circuitos integrados era aficionado a la música electrónica. Yannes no quedó impresionado por los generadores de sonido que usaban otros ordenadores de la época y se propuso construir algo distinto: un chip que fuera, en esencia, un pequeño sintetizador.
Qué hacía especial al SID
El primer modelo del chip, el 6581, salió con el Commodore 64 en 1982. Ofrecía tres canales de sonido que podían sonar a la vez, con varias formas de onda y un canal adicional de ruido. Pero su verdadera ventaja estaba en detalles pensados para músicos, no solo para programadores:
- Un generador de envolvente que definía cómo subía y bajaba el volumen de cada nota, imitando el modo en que suena un instrumento real.
- Filtros y modulación, capaces de moldear el timbre de los canales.
- Un control fino de la frecuencia, que permitía afinar las notas con precisión.
A partir de 1986 una revisión posterior, el 8580, sustituyó al 6581 en los equipos más nuevos. Ambos chips suenan ligeramente distintos, y hoy los aficionados discuten con pasión sobre cuál es el auténtico, hasta el punto de que emuladores y reproductores permiten elegir qué versión emular.
De la limitación al truco: la demoscene
El SID tenía tres voces, pero los músicos no se resignaron a ellas. A mediados de los ochenta empezaron a usar arpegios vertiginosos para simular acordes, haciendo que el oído creyera escuchar más voces de las que el chip entregaba. Un poco más tarde, algunos compositores empezaron a emplear una cuarta voz dedicada a reproducir muestras de sonido. Estas técnicas, nacidas de la limitación del hardware, son la esencia de lo que hoy llamamos chiptune.
A esto se sumó la demoscene, la cultura de grupos que competían por crear demostraciones audiovisuales espectaculares, exprimiendo la máquina hasta sus últimos ciclos. Para esos grupos, hacer música con el SID era tan importante como programar efectos gráficos. Ese afán por sacarle al chip más de lo que estaba diseñado para darle sigue siendo hoy su rasgo más característico.
Cómo se componía una melodía para el SID
A diferencia de lo que ocurre hoy, un músico de Commodore 64 no podía limitarse a tocar un teclado: tenía que escribir, o al menos manejar, un programa que controlara el chip registro a registro. Al principio las herramientas eran escasas y cada compositor desarrollaba su propia rutina reproductora en lenguaje ensamblador, adaptada a la forma en que quería que sonara la música. Con el tiempo circularon editores y reproductores compartidos, y esa manera de trabajar —separar los datos de la melodía del código que los interpreta— sigue siendo la base de los formatos y reproductores de SID que se usan hoy en día.
El chip no se quedó solo en el Commodore 64: la misma familia de SID apareció también en el Commodore 128. Esa continuidad ayudó a que la comunidad de músicos creciera en torno a Commodore y a que el SID se convirtiera en una seña de identidad reconocible al instante por cualquiera que haya escuchado un juego de la época.
Los nombres propios y la preservación
Detrás de los grandes juegos hubo compositores que firmaban sus músicas y llegaron a convertirse en referencia: Rob Hubbard, Martin Galway, Ben Daglish, Jeroen Tel o Chris Hülsbeck son algunos de los nombres más citados. Sus composiciones se recuerdan tanto como los propios juegos, y en algunos casos los han sobrevivido.
La preservación de ese legado tiene un proyecto de referencia: la High Voltage SID Collection (HVSC), iniciada en mayo de 1996, que reúne decenas de miles de melodías de SID catalogadas y verificadas para que puedan reproducirse con precisión. Es una de las mayores colecciones de música de una plataforma informática que existen. Junto a ella, proyectos como SOASC graban las canciones desde máquinas reales para conservar su sonido auténtico, y el reproductor SIDplay permite escucharlas en un ordenador moderno emulando el chip.
Un chip con vida propia
Cuesta exagerar la huella del SID. La revista Byte llegó a incluirlo entre los veinte chips más importantes de la historia de la informática. Su sonido ha alimentado géneros musicales enteros, se han fabricado reemplazos modernos del chip para seguir jugando y componiendo, y las remezclas de melodías clásicas de Commodore 64 siguen apareciendo décadas después. El Commodore 64 fue un gran ordenador; gracias al SID, además, dejó una banda sonora que no ha dejado de sonar.